Así es el amor hoy en día

Hoy en día, no nos comprometemos. Siempre hemos escuchado que hay muchos peces en el mar, pero nunca antes ese mar había estado en la punta de nuestros dedos con OkCupid, Tinder, Grindr, Dattch, el que más te guste. Pensamos que la intimidad yace en una cadena de emojis perfectamente ejecutada.

Creemos que hacer un esfuerzo es escribir un mensaje de buenos días. Decimos que el romance está muerto, pero tal vez solo tenemos que reinventarlo. Puede ser que el romance en esta era moderna signifique soltar el teléfono lo suficiente como para mirar a los ojos de tu pareja durante la cena.

Tal vez el romance signifique borrar Tinder de tu teléfono después de una primera cita increíble. El romance aún está ahí, solo tenemos que aprender a reconocerlo.

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Cuando tomamos una decisión—si acaso nos comprometemos—, con el otro ojo seguimos buscando opciones. Queremos el hermoso corte de filet mignon, pero perdemos el tiempo viendo el buffet mediocre, porque hay opciones. Hay opciones. Nuestras opciones nos están matando. Creemos que las opciones significan algo.

Creemos que las oportunidades son buenas. Pensamos que mientras más oportunidades, mejor. Pero hace que todo signifique poco. Ni hablar de sentirse satisfecho con algo, si ni siquiera sabemos qué es la satisfacción: cómo luce, como se siente, a qué sabe.

Tenemos un pie en la puerta, preparados para salir, porque afuera hay más. ¿Más? No vemos a quien está frente a nosotros, pidiendo ser amado, porque nadie pide ser amado. Añoramos algo que queremos cree que existe. Sin embargo, buscamos la próxima emoción, la próxima pequeña descarga, la próxima gratificación instantánea.

Tratamos de calmarnos y distraernos, y no podemos enfrentar los demonios dentro de nuestro cerebro. ¿Cómo se supone que debamos perseverar? ¿Amar a alguien cuando no es fácil amarlos? Huimos.

Nos vamos. Vemos un mundo sin límites que ninguna generación anterior ha visto. Abrimos una nueva cuenta, vemos fotografías de Portugal, sacamos la VISA y reservamos un pasaje de avión. No hacemos esto, pero podríamos.

El punto es que sabemos que es posible, aún cuando no tenemos los recursos para hacerlo. Siempre hay opciones más atractivas. Al abrir Instagram, vemos la vida de los demás. La vida que podríamos tener.

Vemos los lugares que no conovemos, vemos a las personas con las que no salimos. Nos bombardeamos con estímulos y luego nos preguntamos por qué odiamos nuestra vida. Nos preguntamos por qué no estamos satisfechos, por qué nada dura y nos sentimos atrapados en callejones sin salida. No tenemos idea de cómo ver nuestra vida por lo que es, en vez de verla por lo que no es.

Incluso cuando lo encontramos. Imagina que encuentras a la persona que te ama y tú amas. Compromiso. Intimidad. «Te amo.» Lo hacemos. Lo encontraste. Luego, rápidamente lo vivimos para los demás. Le decimos a la gente de Facebook que estamos en una relación. Publicamos fotos en Instagram.

Nos convertimos en «nosotros.» Hacemos que luzca brillante y perfecto, porque elegimos compartir los momentos hermosos. No compartimos las peleas a las 3am, los ojos rojos, las almohadas llenas de lágrimas. No escribimos en Twitter sobre la manera que su amor es una luz que brilla donde nuestro amor propio no lo hace.

No hay 140 caracteres que expliquen la tristeza que implica una conversación que puede significar el final. Eso no es lo que compartimos. Bonita foto. Pareja feliz. El amor es perfecto.

Después vemos otras parejas felices y resplandecientes y nos comparamos. Somo la generación Emoji. La cultura de la elección. Compararse. Medirse. ¿Será bueno? ¿Lo mejor? Nunca antes hemos tenido una cornucopia tan increíble de marcadores que parecen indicar la mejor vida posible.

Nos presionamos y muchas veces desesperamos. Nunca vamos a ser lo suficientemente buenos, pues nos estamos comparando con cosas que no existen. Esas vidas no existen. Esas relaciones no existen. Aún así, no lo podemos creer. Lo vemos con nuestros propios ojos y lo queremos. Y nos convertimos en gente miserable hasta obtenerlo.

Luego nos separamos. Nos separamos porque no somos lo suficientemente buenos, tampoco lo es nuestra vida o nuestra relación. Así que volvemos a Tinder e intentamos de nuevo. Ordenamos una nueva persona como si fuera ordenar una pizza.

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Y el ciclo comienza de nuevo. Emoji. «Buenos días.» Intimidad de mentira. Soltar el teléfono. Vernos a los ojos. Selfie. Pareja feliz. Comparar. Comparar. Comparar. El inevitable miedo latenta de la insatisfacción. Peleas. «Algo está mal, pero no sé qué es.» «Esto no está funcionando.» «Necesito algo más.» Nos separamos. Otro amor perdido. Otra selfie al cementerio de las parejas que no fueron suficientemente buenas.

Seguir adelante. Buscamos algo cada vez más imposible. La próxima emoción, la próxima gratificación. Vivimos nuestra vida en 140 caracteres. Fotos de 5 segundos, imágenes llenas de filtros, películas de 6 segundos. Atención aquí y atención allá.

Cada vez más como una ilusión. Nos preocupa sentar cabeza, a la vez que sufrimos pensando que cualquier cosa peor que la divertida vida llena de filtros que vemos no es aceptable. Sería conformarse. ¿Qué es conformarse? No sabemos, pero no lo queremos. Si no es perfecto, es conformarse. Si no es un amor brillante, digno de ser publicado en Pinterese, es conformarse.

Nos damos cuenta que ese «algo más» que queremos es una mentira. Queremos llamadas telefónicas. Queremos ver el rostro de alguien que amemos incluso alejados de la luz azul de la pantalla del teléfono. Queremos lento y sencillo.

Queremos una vida que no necesite la validación en forma de comentarios, favoritos y likes. Tal vez no sepamos que queremos esto, pero es así. Queremos una conexión de verdad, un amor que se construye, no que se descarte para salir en busca del siguiente. Queremos llegar a casa y que haya gente. Queremos acostarnos al final de la vida y saber que vivimos bien. Esto es lo que queremos, solo que no lo sabemos.

Sin embargo, así no es el amor hoy en día.